CASCATENG
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)
ANNA DOT

Anna Dot nació un domingo de abril. Es de Torelló y trabaja entre dos mundos que no percibe separados de ninguna manera: el de la producción artística y el de la reflexión sobre los contextos artísticos a través de la escritura.

27 octubre 2014

En la plaza Conde de Rodezno de Pamplona se encuentra un edificio inmenso dedicado a "los caídos". Pertenecía a la Iglesia hasta que hace pocos años fue cedido al Ayuntamiento de Pamplona, que reaccionó haciendo, principalmente, dos cosas: convertir la nave central del edificio en una sala de exposiciones, y tapar la simbología franquista que, según me han dicho, hay en la fachada, con unos paneles de la misma tonalidad que la piedra de la construcción. Aquí se acoge actualmente la exposición "Las consecuencias del mapa", una parte del programa MAPAMUNDISTAS 2014, comisariado por Alexandra Baurès y en la que participan los artistas Benoît Broisat, Amaia Gracia Azqueta, Mateo Mate, Kate McLean y Eriz Moreno Aranguren.

Igual como yo no he visto los símbolos franquistas de Conde de Rodezno, Broisat no ha visto nunca la Place Franz Liszt de París. Afirma que se esfuerza en no pasar nunca por ella, en evitar verla. Desde hace un tiempo el artista vive en la capital francesa, no muy lejos de esta plaza. Si a veces se desplaza en taxi o bus por la ciudad y sospecha que pasará por este punto, Broisat agacha la cabeza, cierra los ojos. No la ha visto nunca pero la recuerda. Sabe que hay una catedral, le consta que hay comercios, un parking subterráneo y viviendas. Desde 2001 también se relaciona con un gran número de vecinos de la Place Franz Liszt. Son ellos los que le describen el lugar, dándole todo tipo de detalles: desde la sensación de miedo que una vecina siente cuando es de noche y la fachada de la catedral se ilumina, hasta la forma de la plaza o el tipo de árboles que se encuentran en ella. Con esta información el artista trabaja en maquetas, dibujos y construcciones digitales que corrige, precisa y amplía según lo que los vecinos le cuentan.

Entiendo que para Broisat, la Place Franz Liszt es una realidad virtual: existe como le han explicado, tiene una imagen mental de ella, e incluso puede comentar algunas transformaciones que ha sufrido este espacio a lo largo de los 13 años que hace que trabaja en ella. Las descripciones textuales de los vecinos y las maquetas e imágenes de Broisat son el material que se muestra en la exposición, haciendo que la espectadora, que tampoco conoce la Place Franz Liszt, pueda hacerse una idea de cómo dicen que es, y compartir con Broisat una realidad virtual. Creo que yo tampoco he visto nunca esta plaza pero ahora también la recuerdo. La percepción de esta realidad virtual se convierte en una experiencia colectiva. ¿Y qué tiene de interesante esto? ¿No es acaso lo mismo que sucede cuando leemos una novela? ¿O es que no nos encontramos de repente compartiendo una realidad virtual con el conjunto de otros lectores de esta misma obra? Seguramente sí, y seguramente se nos pueden ocurrir otros casos en los que este hecho sucede porque forma parte de nuestra cotidianidad. La cuestión problemática que entiendo que el discurso comisarial introduce aquí es, pues, la relación de este fenómeno con un elemento tan complejo como es el territorio.

"Las consecuencias del mapa" parece preguntarse por la virtualidad del territorio. El simple hecho de plantear esta posibilidad (es decir: que exista una característica virtual del territorio) supone poner en cuarentena algunos conceptos a partir de los cuales construimos una noción de territorio. En este sentido, el proyecto de Broisat en la Place Franz Liszt apunta a ciertas fricciones entre lo real y lo ficticio. El artista se obliga a mantener esta plaza como una realidad que existe porque él cree, pero ¿qué pasará el día que Broisat dude de la existencia de este espacio? La estará convirtiendo en una ficción? Las descripciones de los vecinos que colaboran con Broisat no son muy diferentes de los mapas: ambas cosas son representaciones de lugares.

Del mismo modo en que yo podría no creerme que en la fachada del edificio de Conde de Rodezno hay símbolos franquistas y Broisat podría perder la fe en la existencia de la Place Franz Liszt, un día podríamos referirnos a las líneas que en los mapas políticos representan fronteras como ficciones. De hecho, el trabajo de Gracia Azqueta y el de Moreno Aranguren dan visibilidad a una especie de carácter fantasmagórico de determinadas zonas fronterizas. Por su parte, Gracia Azqueta subió Pirineos arriba y plantó la tienda sobre un muro de piedras que marca la frontera franco-española. La nieve lo había cubierto; dejaba entrever sólo algunas puntas que sobresalían al tiempo permitía que la tienda del artista pudiera mantenerse literalmente enmedio de dos países. Parece que en esta situación desaparece cualquier marca que nos debería hacer saber que estamos ante una separación entre dos lados, no? Podríamos pasar caminando y ni darnos cuenta de ello. Bueno, eso podríamos hacer en el contexto concreto en el que Gracia Azqueta se sitúa, pero es evidente, por desgracia, que sería distinto si fuéramos marroquíes e intentáramos entrar en España por Melilla. Probablemente también nos parecería paradójico, si hiciéramos como Moreno Aranguren, fuéramos a Yerevan, Armenia, y descubriéramos que, aunque sus habitantes se encuentran a 40 km del monte Ararat (un lugar históricamente armenio pero que pertenece a Turquía desde 1922), han de recorrer 520 km para llegar ahí, sólo porque resulta que un día alguien decidió cerrar las fronteras entre Turquía y Azerbaiyán. Moreno Aranguren presenta con su trabajo una serie de imágenes del Ararat visto desde el mismo punto de Armenia que muestran cómo a veces la niebla esconde la montaña y otras veces, en días soleados, su silueta recorta cuidadosamente el cielo despejado haciendo evidente su proximidad.

¿Qué pasaría si dejáramos de creer en el mapa? ¿Qué consecuencias tendría un escepticismo así? Quizás estas situaciones resultarían aún más absurdas. Si perdiéramos la fe en los discursos hegemónicos que se encuentran representados en forma de imagen del territorio, seguramente la forma en que las personas nos relacionaríamos con el entorno y entre nosotros sería completamente diferente. Quizá podríamos organizar el espacio siguiendo criterios sensoriales, como por ejemplo el olfato, tal como propone McLean con sus "Smellmaps". Quizás la palabra territorio, tal como lo hemos entendido hasta ahora, caería en desuso y las banderas que Mate ha hecho con recortes de manteles serían solo eso: manteles.


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