CASCATENG
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)
IRINA MUTT

Irina Mutt hace cosas. A veces las piensa antes. Trabaja en Oficina36 como crítica, pero a menudo paga las facturas con los trabajos más cutres que podáis imaginar. Así que nada de glamour en esto del arte. Le contaron que cuando Annie Sprinkle en el 2002 vino a Barcelona y dijo eso de ’’si no te gusta el porno que ves, hazlo tú misma’’ revolucionó la escena queer y feminisita de la ciudad. Pues eso, que si no te gusta el arte que ves, hazlo tú misma.

15 noviembre 2015

Un año más, asistiendo a las jornadas del ACCA. Un año más, pasando las horas de un soleado fin de semana encerrados en una sala oscura consumiendo horas de debate, escuchando ponencias y asistiendo a talleres sobre crítica, preguntando como siempre qué función tiene la propia critica. Puede parecer el peor plan para un fin de semana, pero lo acabas pasando bien.

Para quien no sea de asistir a simposios de critica, decir que el ambiente es como un festival (pongamos el Sonar) pero sin música ni drogas, ni gente bailando, ni ambiente festivo...Vale, digamos que sería la antítesis de un festival de música, pero tiene una función similar: la de generar sensación de comunidad. Pero en vez de ligar y ver quien lleva la ropa más guay, discutes y ves quien cita los autores más complicados.

Escribir crítica consiste en visitar exposiciones para luego encerrarte en casa a pensar como ajustar las obras que has visto a un relato sobre contemporaneidad. Puro ejercicio de ficción; escribir; editar contenidos; poner palabras a las cosas.

De forma similar a cómo han cambiado las posiciones, formatos y tiempos de la crítica, el cuerpo del crítico también lo ha hecho. El critico ya no es un señor burgués paseando por los salones, ni un tipo con coleta haciendo rallas de cocaína en los baños de una galería (este ultimo personaje pertenece a mi imaginería de crítico de los 80). El critico hoy en día es un poco el personaje outsider del mundo del arte con el que nadie quiere jugar.

En los encuentros de crítica últimamente hay cierto placer en reivindicar la propia inutilidad y precariedad de la critica. En el mundo del arte, ya se sabe, hay como cierto gusto por el fracaso, entendiendo este como oportunidad. Somos así de románticos.

Mientras escribo me doy cuenta de que para referirme a quien escribe crítica, tengo que referirme al crítico. Porque si pongo género femenino a quien la ejerce quedaría raro y se confundiría la crítica (la mujer que escribe) con la práctica: la Crítica. En fin.

A lo que quería llegar, es que también hay un cuerpo escribiendo. Un cuerpo atravesado interseccionalmente por el contexto y por una serie de privilegios o desventajas; esto último repartido en función de raza, nacionalidad, género, identidad sexual, liquidez económica, estudios, etc. etc. Lo curioso es que este cuerpo y sus afectos raramente están presentes en un texto crítico.

Es como si el cuerpo que escribe critica no padeciera, no deseara. Al crítico se le supone un cuerpo funcional pero vacío, como un elemento conductor sin carne ni órganos. Yo no sé los demás, pero yo no escribo igual si he tenido una mala temporada, o estoy enferma, me he peleado con la pareja o se me ha muerto el gato.

Este texto tampoco lo puedo escribir igual mientras esta noche el Siglo XXI patea de nuevo la puerta y entra con toda la mierda acumulada tras años de violencia, guerras y fronteras financiadas y alentadas por tipos que mientras el mundo se va al carajo, se están tomando unos daikirs en una playa privada.

Aimar Perez Galí presentó su discurso dentro del simposio a partir de su cuerpo. Sudando el discurso hace hablar el cuerpo del bailarín, el subalterno, la fábrica post-fordista encarnada en el trabajador precario de la danza.

Dar voz al cuerpo, visibilizar su presencia, irrumpe en el sistema y lo teleológico, alternando la jerarquía en la que la teoría y el discurso intelectual de corte académico desplazan a lo personal, material y emocional.

Hacer hablar el cuerpo, rompe con la autoridad simbólica, y esto es importante. Pero ¿cómo pueden romper los cuerpos con la jerarquía económica? Tal vez sea necesario hacer un gesto más, entendiendo gesto como signo que comunica a través del cuerpo. Un gesto que nos emancipe, un poco, sólo un poco más de ese amo sin cabeza, porqué a fin de cuentas, quien no tiene cuerpo definido es el poder.

Y nosotras, tal vez lo que realmente deseamos, estilo Diógenes, es tan solo un poco de cálido sol sobre nuestros cuerpos y tiempo para disfrutar las cosas. Sin planes de llegar a ningún lado, ostentar poder o forrarse con algo que consiste en escribir desde un estado permanente de crisis.


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