CASCATENG
PEIO AGUIRRE
http://peioaguirre.blogspot.com.es/

Peio Aguirre escribe sobre arte, cine, música, teoría, arquitectura o política, entre otros temas. Los géneros que trabaja son el ensayo y el metacomentario, un espacio híbrido que funde las disciplinas en un nivel superior de interpretación. También comisaría (ocasionalmente) y desempeña otras tareas. Escribe en el blog “Crítica y metacomentario”.

26 enero 2013

No sabemos lo que dos estetas de lo cotidiano como Adolf Loos y Roland Barthes, de vivir en nuestros “tiempos interesantes”, hubieran dicho sobre esta moda reciente del consumo obsolescente, a saber, esas magdalenas o muffins decoradas también llamadas cupcakes. Seguro que ambos hubieran tenido algo que decir; el primero podría tranquilamente sacar su arsenal violento anti-ornamental, desquiciado por la fantasía gratuita y decorativa de dichas magdalenas, mientras que el segundo bien podría referirse al desplazamiento de los usos y las costumbres en Occidente. A falta de ambas reflexiones, solo nos queda estudiar el fenómeno sin la menor de las culpabilidades. Los cupcakes son esas magdalenas coloridas y decoradas en su cabeza que comienzan a aparecer en centros urbanos masificados de consumo elevado, de manera que su simple aroma ya denota una inmediata gentrificación de la zona; también se las puede rastrear en la publicidad, a través de blogs o en talleres especializados. En su apariencia resultan inofensivas; graciosas pequeñas magdalenas embutidas en su papel de molde con azúcar glaseado y coloreado y con un exceso de creatividad. Su origen parece ser anglosajón. Sin nada en contra de su sabor (el bizcocho y la magdalena siempre se mueven en un radio gustativo más que agradable) lo que las hace realmente detestables es su gratuita iconicidad que sencillamente encumbra la vaciedad del consumo y la publicidad.

Un cupcake sería como un dulce posmoderno a la vieja usanza, esto es, un objeto diseñado que significa para la moda y el estilo actuales lo que en el dominio de la arquitectura fueron el pastiche (Jencks), el regreso de la decoración y el ornamento (Venturi), o incluso el kitsch (Graves). Desde un punto de vista artístico y cinematográfico también tiene referentes; sin duda Warhol lo hubiera empleado o, ¿quizás haya que encontrar en esa cima de la ironía post-posmoderna como es Maria Antonieta: La reina adolescente (2006) de Sofia Coppola su precisa apropiación contemporánea? Recordemos la escena en la que a ritmo de “I Want Candy” de Bow Wow Wow se sucede una orgía coloreada de zapatos y pasteles. Pero quizás la emergencia actual del cupcake, en tanto indicador de la moda retro tan en boga, parecería señalar no un retorno estilístico sino más bien un cambio en los hábitos de consumo que ya no encuentran en las franquicias globales tipo Starbucks o Costa’s un reclamo para una nueva clase de jóvenes expertos con auténticos radares para detectar lo alternativo, lo nuevo-viejo y las semióticas de estilo más sofisticados. Este consumidor es el hipster, y son legión. Del mismo modo que un bigote hipster es uno que se lleva irónicamente, por motivos cómicos o estéticos, los cupcakes son “productos” igualmente irónicos, cuyo exceso ornamental únicamente sirve a la gratuidad de una creatividad retroalimentada y sin ninguna otra aspiración que la del perpetuo consumo.


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