CASCATENG
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)
PEIO AGUIRRE
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Peio Aguirre escribe sobre arte, cine, música, teoría, arquitectura o política, entre otros temas. Los géneros que trabaja son el ensayo y el metacomentario, un espacio híbrido que funde las disciplinas en un nivel superior de interpretación. También comisaría (ocasionalmente) y desempeña otras tareas. Escribe en el blog “Crítica y metacomentario”.

17 febrero 2014

Por una cuestión de extensión me limitaré aquí a la película de Albert Serra, Història de la meva mort, y no a su casi siempre controvertida figura pública. Las advertencias que el propio Serra ha lanzado sobre su filme se confirman todas. Su singularidad queda fuera de toda duda. En un coloquio reciente en San Sebastián posterior al visionado utilizó en una ocasión el término “formalista”, aunque no de manera muy intencional. Albert Serra es un formalista de altos vuelos. Explicaré qué se entiende por esto.

El problema del formalismo en arte y literatura (o en cine) atraviesa toda la estética del siglo XX. Su sentido, según se utilice, pasa de ser el simple adjetivo descriptivo de un tendencia estética histórica (digamos formalizante, y que sale de un análisis del lenguaje como materia prima), a ser directamente una acusación peyorativa (la búsqueda vacía de la forma a expensas del contenido y demás retórica). La complejidad del formalismo, especialmente su significado a partir de la polarización de estéticas y posiciones ideológicas durante la Guerra Fría, llevó los términos “formalista” y “formalismo” a no pocos malentendidos y callejones sin salida. Simplificando mucho, podríamos decir que existe un formalismo "bueno" y otro "malo". El cine de Serra pertenece al primero.

Roland Barthes comentó una vez (en Mitologías) que “si la crítica histórica no se hubiera sentido tan aterrorizada por el fantasma del ‘formalismo’, tal vez habría sido menos estéril; habría comprendido que el estudio específico de las formas no contradice en absoluto los principios necesarios de la totalidad y de la historia”. Añadía Barthes que cuando un sistema es más específicamente definido en sus formas, más dócil se muestra a la crítica histórica. Y acababa su reflexión con una de sus sutiles dobleces: “Parodiando un dicho conocido, diré que un poco de formalismo aleja de la historia; mucho, acerca”. Esta última frase parecería apropiada para esta manera de hacer cine, donde el énfasis depositado en los aspectos formales genera un naturalismo que lejos de parecer forzado parece transmitir una imagen del pasado sensible y creíble o, si queremos utilizar una palabra maldita, “verdadera”.

Pero ocurre que lo interesante de Història de la meva mort (y el resto de su cine) está en que esta imagen del pasado es completamente mítica, irreal, ficcional. El encuentro entre Casanova y Drácula es tan absurda como surrealista. Pero lo que las imágenes, las palabras y el sonido transmiten no puede en ningún caso ser pasado por alto. El compromiso de Serra está con y en la ficción. Ese es su territorio. Ése, y también el trabajo con los no actores, el rodaje; el cine como invención de realidad. Todo formalista que se precie comienza imponiéndose una reglas muy estrictas que no abandona jamás. Ser fiel a sí mismo, pero en ocasiones flexible también. Otro rasgo: operar dialécticamente entre la totalidad y las partes. Prestar atención al detalle y partir del detalle desechando las consideraciones morales que el contenido siempre impone: la trama, la idea original, el guión y nosecuantas otras reglas de la industria de hacer películas.

Posiblemente no habrá ahora mismo en el mundo otro cineasta que hable más de cómo su cine está hecho, que hable de la técnica, de los aspectos formales que Serra. Parece más un artista que un cineasta. Pero al igual que todos los forerunners del arte, la técnica per se solo importa como medio para conseguir unos efectos u objetivos. En todo artista verdadero la transgresión por la transgresión no existe. Las reglas se rompen para algo. El método de trabajo y sobre todo la complicada técnica de montaje de Serra le sitúan como un formalista que pasa por frívolo, aunque él sabe muy bien lo que hace.

En el curso de una entrevista en la revista Cinema Scope, Serra hablaba en su tono habitual de que su última película es “unfuckable” para la crítica. Quería decir que o lo coges por completo o lo dejas del mismo modo. Argumentaba el método empleado en donde la realidad de la película existe únicamente en y para la pantalla, como una realidad autónoma que no puede cotejarse sino en la fantasía del espectador, y no en esas clásicas disquisiciones de la crítica de cine convencional entre el concepto y los resultados; ya se sabe, concepto, guión, interpretación, argumento, trama, etc. Albert Serra alude a una noción de totalidad que es, éste sí, otro rasgo formalista. En esa totalidad caben infinitos momentos de deleite, ironía, armonía y también enorme belleza. O lo abrazas, o lo rechazas. Yo ya he decidido.

  • XAVIER BASSAS VILA
    17 de febrero de 2014 13:48

    Conozco la trayectoria de A. Serra, he traducido subtítulos al francés de sus películas y también, del francés, su libro publicado en el cofre de Intermedio con "Honor de cavalleria". Admiraba también el estilo y la radicalidad de sus dos primeros largometrajes, pero me siento un tanto desorientado por "Història de la meva mort", así como también por las críticas siempre elogiosas que ha recibido. Ante unos y otros elogiadores, y con Gimferrer de ariete (a quien le preguntaría qué entiende por película "fenomenológica"), resulta difícil decir algo crítico sobre su última película. De hecho, yo no he leído todavía ninguna crítica, o quizá se me ha escapado y ruego entonces que alguien me mande el texto. Porque resulta que, en esta última película, no he visto nada de la excepcionalidad que tenían las dos anteriores: no hay acontecimientos fílmicos (como el Quijote bajo el árbol o hablando con un Sancho exhausto, o como los Reyes descansando incómodos bajo un árbol, etc.) y lo que se nos da a cambio no es más que un esbozo de lo que (espero) nos den sus próximas películas.
    "Història de la meva mort" queda absorbida por la figura de Vicenç Altaió y por el tono teórico demasiado ampuloso de lo que Casanovas va diciendo. La película parece a veces una "Ars fílmica" cuyos postulados son entre provocadores y generalistas. Las escenas me resultan un tanto forzadas, a la espera de que pase algo como en los largometrajes anteriores. Pero no pasa nada y esa "nada" no es, aquí, la nada que sí admiré en sus anteriores trabajos. "El Senyor ha fet en mi meravelles" ya me alertó sobre algo que estaba fallando.
    No creo, por otra parte, que el montaje haya ganado con tantos planos cerrados, sincopado a veces sin mucho sentido. Pero quizá alguien más conocedor y técnico podrá precisar esto. ¿Y el uso de la música? Con la sobriedad y brillatez que usó en "El cant dels ocells" (¡sin música excepto en la llegada final de los Reyes, dando lugar a un éxtasis contemplativo visual y sonoro!), ahora se vuelve repetitiva, añadiendo una nueva tonalidad un tanto ingenua a lo que ya adolece, a mi ojos, de consistencia. No creo, pues, que se haya conseguido un todo, ni una heterogeneidad tonal potente. Insisto: veo un camino abierto, no una película acertada.
    Además, afirmar que "Posiblemente no habrá ahora mismo en el mundo otro cineasta que hable más de cómo su cine está hecho, que hable de la técnica, de los aspectos formales que Serra", me parece demasiado optimista, o tener poco en cuenta el panorama del cine mundial. Basta quizá con leer lo que dice P. Costa en el libro publicdo también en un cofre de Intermedio, o lo que él mismo ha añadido en sus encuentros con Rancière; entre otros muchos, por no citar a grandes nombres: Godard está vivo, Bela Tarr sigue dando talleres, Ulrich Seidl no se queda corto, ni tantos otros que todavía, desgraciadamente, no conozco y que tal vez alguien me podrá indicar.
    A destacar sin duda el actor y personaje de Drácula, el más potente de la película, y la escena donde por primera vez se ve el castillo con un sonido saturado que reventaba los altavoces de la sala Boliche. Y la fotografía es por momentos potente. Hay también escenas arriesgadas, como el despedazamiento del animal rumiante, pero vienen enmarcadas por un estilo desvaído: a medio camino entre lo que hacía Serra antes y lo que todavía tiene que conseguir.
    Ni el detalle en el todo, ni el todo con sus detalles merecen solo elogios, como tampoco solo críticas. Pero cuando no hay críticas, algo está fallando entre espectadores, comentadores y críticos. Espero que esto acierte en algo, quizá no he conseguido expresarlo bien, tampoco es aquí el lugar más adecuado... ¡pero que de pie a un buen diálogo, un tanto menos unívoco!

  • Peio Aguirre
    18 de febrero de 2014 08:32

    Hola Xavier, ayer mantuvimos en facebook un pequeño diálogo sobre ésta tu misma respuesta a mi texto sobre el cine de Albert Serra. Se me olvidó comentar que entre la experiencia "fenomenológica" a la que, me imagino, se refiere Pere Gimferrer también estaría el tener que vislumbrar algo de luz entre tanta sombra y oscuridad, escudriñando la pantalla.
    un saludo,

  • Rosa Tarruella Planas
    18 de febrero de 2014 08:38

    Aquesta és la primera crítica que m’ha agradat sobre "Història de ......" i la subscric sencera, jo no ho sabría dir millor. Encara em continúa interessant però, el que pugui fer l’Albert Serra, i també haig de dir, que mai havia vist tan guapo en Vicenç Altaió!

  • Peio Aguirre
    22 de febrero de 2014 10:52

    Moltes gràcies Rosa, este breve texto es solamente un comienzo para una reflexión a largo plazo sobre el cine de Albert Serra.


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