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Crítica y arte contemporáneo


Luces y sombras en Tucumán Arde
De cómo la recuperación sobredimensionada de Tucumán Arde obstaculizó la puesta en valor de otras prácticas de arte político.
MARÍA LAURA CARRASCAL
La década del ’60 se caracterizó por un clima de efervescente creatividad en el que actividades como las artes plásticas, el diseño gráfico y la moda, entre otras disciplinas, se entrecruzaron generando una situación que en muchos aspectos recuerda al vanguardismo histórico. A diferencia de Buenos Aires donde los movimientos discurrieron por el universo del arte para luego orientarse hacia la política, el espacio rosarino mostró prematuramente y a través de ciertos protagonistas una vinculación entre ambos campos y prácticas. Como ha planteado el historiador Guillermo Fantoni: “hay algunos actores que van marcando una tensión subyacente hacia el campo de la política aún en las fases más tempranas del movimiento.” En ese sentido, Rosario ofreció un claro ejemplo de vanguardismo cuyo veloz recorrido y sus diversas manifestaciones y modalidades fueron clausuradas con la emblemática obra Tucumán Arde (1968).
 
El legado de esta experiencia, negado durante el clima represivo del Golpe Militar de 1976, fue recuperado en los inicios de la democracia y convertido en objeto de innumerables estudios tanto nacionales como extranjeros. A partir de estas investigaciones y de la permanente cita y apropiación por parte de diferentes actores e instituciones artísticas y culturales se produjo un fenómeno de canonización que se extendió hasta el presente. La cristalización de dicha obra produjo  también un proceso de obturación que impidió el registro y valoración de otros integrantes y manifestaciones nucleares del grupo de vanguardia de Rosario. Estos artistas, afectados por el vértigo causado por la veloz dinámica que caracterizó a este movimiento, abandonaron el campo de la plástica para dedicarse a otras actividades vinculadas de un modo u otro con la creación plástica. En el contexto de la época, ese desplazamiento generó apreciaciones negativas hacia otras manifestaciones artísticas cuya politicidad a menudo pasó inadvertida frente a obras y artistas que mostraban de manera explícita un vínculo directo con el campo de la política. Esta perspectiva se extendió en el tiempo generando un recorte que posicionó jerárquicamente a algunos artistas sobre otros.

Confrontando nuevamente con el campo porteño, éste último brindó varios ejemplos del diálogo producido entre el arte y otras disciplinas. Provenientes del Instituto Di Tella, Alfredo Rodríguez Arias, Juan Stoppani y Marilú Marini, Delia Cancela y Pablo Mesejeán, Edgardo Giménez, Dalila Puzzovio y Charlie Squirru, fueron algunos de los creadores que ampliaron su horizonte de intereses hacia otras zonas vinculadas al teatro, el diseño de moda y la producción de objetos de uso en la vida cotidiana. Algunos artistas de Rosario compartieron esta perspectiva y, habiendo formado parte activa del desarrollo local como núcleo fundacional de la vanguardia desde 1965, transitaron todo su recorrido para desligarse en 1967, un año antes de Tucumán Arde. El caso rosarino y su temprana vinculación con la política, que tuvo como gran corolario a esta obra y su recordada “muestra/denuncia” en las sedes de la CGT de los Argentinos, produjo un efecto enceguecedor sobre otras manifestaciones ligadas a prácticas políticas menos visibles. Obras y recorridos relacionados con esta configuración son abordados en detalle a partir de estudios recientes encarados por investigadores locales que pretenden trascender la visión mítica de esta obra.

Las múltiples apropiaciones de Tucumán Arde por parte de las instituciones culturales obligan a una mirada atenta que conduzca a pensar si es posible la vigencia de un discurso político y crítico del estado de cosas, en un campo del arte que asegura la circulación de aquellas obras que no contradigan su lógica. En definitiva, evaluar si la exhibición de esta experiencia en un marco institucional contribuye, en alguna medida, a un cambio posible del orden social o si sólo responde a una demanda del mercado que busca ampliar su abanico de ofertas consagrando un arte político sin ningún tipo de efectividad en el tiempo.
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* "A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John LeCarré)




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