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Crítica y arte contemporáneo


Post-Tucumán Arde: la herencia crítica rosarina
Revisión histórica y un interrogante: qué hacer con las cenizas a cuarenta años de este colectivo incendiario.
MARCELA RÖMER
Con el sugerente título de “Siempre es tiempo de no ser cómplices”, los artistas rosarinos que conformarían el hoy mítico Tucumán Arde se oponían al famosísimo premio Braque. Corría junio de 1968, seis meses después se inauguraría en la Confederación General del Trabajo de los Argentinos Regional Rosario la mencionada obra, trasladándose un mes después a Buenos Aires en donde fue censurada y cerrada.

Desde abril a diciembre de ese año pasaron muchas cosas, desde acciones artístico- políticas individuales –el famoso Ciclo de Arte Experimental, el Primer Encuentro Nacional de Arte de Vanguardia– hasta la concreción y finalización de la acción política y estética titulada Tucumán Arde, todas en la ciudad de Rosario.

Qué fue esa acción y qué es en la actualidad su rastro histórico en su ciudad de origen es el punto importante al cual deseo referirme. El grupo de artistas, que incluía filósofos y pensadores, se planteaba maniobrar fuera del campo del arte hacia el ámbito político. Si consideramos el momento histórico de su realización podemos darnos cuenta de las relaciones internacionales que ésta tenía. Al terminar esta acción grupal la posibilidad de decir algo desde el campo del arte estaba quebrantada, o se pasaba a la acción política militante o ya no se podía hacer más nada dentro del leguaje del arte. Así sucedió con casi todos estos artistas rosarinos, algunos dejaron de producir, otros pasaron a la militancia política pereciendo en el intento, y otros jamás volverían a hacer arte.

En 1976 comenzó la dictadura militar más violenta que ha tenido la Argentina hasta la actualidad, la cual duró hasta 1983, después de esto el país comenzó con sus intentos de restablecimiento democrático. Es ahí cuando muchos de los artistas que habían participado de Tucumán Arde se integraron en los espacios universitarios de los cuales habían sido cesanteados o no habían pisado jamás.

El restablecimiento democrático implicaba una restitución de valoración conceptual e ideológica de un posicionamiento teórico frente al arte. Cuáles eran los valores con los cuales se pensaba y se discutiría el arte fue lo que algunos –y no todos– los ex integrantes del grupo comenzaron a transmitir a las generaciones futuras de artistas, críticos o teóricos de arte.

Decía Juan Pablo Renzi sobre la posición tomada a fines de los años ’60: “nuestra intención era desde la vanguardia tomar la ideología, no poníamos el arte al servicio de la ideología, como mero mensajero, como mera forma de transmitir mensajes, sino que tenía que ser una confluencia dialéctica, creativa y creadora de una nueva situación formal. Situación formal que se daría a partir de la conjunción de la actitud de vanguardia, de indagación experimental, con la actitud ideológicamente revolucionaria”

Renzi no fue profesor en la universidad. Sí realizó varias clínicas con artistas que hoy son claros referentes de la ciudad, pero sus palabras –de una gran claridad política e ideológica– vislumbran cuáles eran las preocupaciones de la vanguardia y cuáles fueron
las transmisiones de esa experiencia que recibieron las generaciones futuras.

Algunas de las discusiones sobre arte que tenía el ámbito universitario y artístico de los años ’80 y ’90 residían en las siguientes problemáticas: qué es el arte hoy; cómo se debe analizar una obra de arte; el arte ¿es político y social o es solamente estético?; qué relación existe entre arte tradicional y de vanguardia; qué es la vanguardia hoy; ¿existe aún?; en qué lugar en la sociedad debe posicionarse un artista; qué es ser artista hoy; cuál es la relación del arte con los derechos humanos, qué historia del arte queremos conocer o qué pasa en el mundo contemporáneo del arte.

Fuera del ámbito universitario, en el mundo “real” del arte la producción tradicional seguía su curso. Dentro de la institución universidad, la ex vanguardia intentaba, por un lado, volver a la enseñanza y en algunos casos a la producción, además de transmitirles a los alumnos qué fue la vanguardia, por qué habían decidido la no producción y cuál era su lugar en el hoy.

Los ex Tucumán Arde volvían desde una supuesta idea de militancia hacia una situación artística con la experiencia represiva instalada en sus años posteriores: enseñaban arte pero ya no lo producían, lo cuestionaban pero ya no lo realizaban.

Para las generaciones futuras lidiar con estas contradicciones fantasmagóricas de una vanguardia exitosa y anclada en un estamento crítico, conceptual y político, por un lado, sirvió para tener un referente de acción pasada,  pero, por otro, impidió realizar cualquier tipo de experiencia artística relacionada con lo político y social sin desatender ese referente.

¿Qué significa ser herederos de una vanguardia político-artística que había dejado de producir arte? ¿Qué se puede observar en el ambiente artístico post Tucumán Arde? ¿Cómo se maneja la noción de grupo –o colectivo– con el rastro de esta experiencia?

Una vez ingresados en la década de los ’90 el arte light, bright o kitsch se había instalado en el imaginario nacional aparentemente obturando el anclaje de lo político. La ciudad de Rosario fue una máquina de producir artistas en esta tónica bajo los preceptos de Gumier Maier con una ideología totalmente diferente, mientras varios grupos de arte social y político pugnaban por subsistir.

Después de treinta años de Tucumán Arde podemos rescatar algunas ideas: somos herederos de una experiencia de activismo social, político y mediático. Esta obra produjo en los años ’80 deseos de revisarla y muchas veces de realizar malas imitaciones de ella; en los ’90 produjo cierto olvido; hoy es un rescate invaluable en formato de archivo. El fantasma de la obligatoriedad de un discurso crítico frente a la obra de arte fue tomado por algunos como positivo, otros terminaron odiándolo. Se instauró en el campo local la aparentemente olvidada discusión “arte político” versus “arte light”.

Tucumán Arde es, como dijo un de sus integrantes en una charla informal conmigo hace unos años, “una experiencia artística acorde al momento político que vivíamos, nosotros jamás pensamos que iba a tener esa trascendencia nacional, y ahora la internacional que tiene”.

Tucumán Arde debe dejar de ser un modelo de arte social y político exitoso para convertirse en lo que es: una experiencia artística en donde arte y vida se pudieron unir.
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* "A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John LeCarré)




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