PUBLICIDAD
A-Desk
Crítica y arte contemporáneo


Historias de levante
Las actividades de la Fundación El Levante son un referente obligado a la hora de pensar las prácticas colectivas del campo artístico contemporáneo en Rosario. Allí se desarrolla un “Taller de análisis y confrontación de obra”, un “Espacio de muestras y debates” y un “Programa de residencias e intercambios para artistas”. Una de sus protagonistas cuenta en primera persona lo peculiar de estas experiencias que mantienen el deseo en alto a fuerza de derribar toda certeza.
DESIRÉE VIDAL

Capítulo 1: el relato

Quería comenzar esta historia con una fecha, el 2001, como un momento de inflexión en el inmediato relato del arte argentino, tal vez argumentando que la crisis económica azuzó el ingenio de toda una generación y originó las más brillantes iniciativas de producción y exhibición colaborativas, autoorganizadas e independientes. Pero por suerte, la historia está ahí y me largó un fabuloso bofetón para quitarme la tontería melancólica de revoluciones latinoamericanas tardo-rancio-marxistas ajenas: Argentina era y es, con y sin crisis económica, creativa.
 
A fines de la excesiva década de los ‘90 ya algo bueno estaba pasando. Los proyectos de la hiperactiva Fundación Start: Bola de Nieve, la revista ramona, Proyecto Venus; el espacio de arte Belleza y Felicidad; el proyecto Trama de gestión cultural para artistas o el grupo rosarino Rozarte, entre otros, abonaron un nuevo territorio para la creación –no tanto del análisis– en un país marcado por las sucesivas crisis y la frágil estabilidad económica, acróbata diestro en el arte de la improvisación y la invención.
 
Con estos precedentes, el nacimiento del proyecto El Levante en 2003 era irremediable. Pieza bisagra de dos generaciones, El Levante recoge la experiencia y recorrido de sus fundadores, Graciela Carnevale y Mauro Machado y las prestas pulsaciones de Luján Castellani y Lorena Cardona. Todos juntos trabajando para generar un espacio experimental abierto y dinámico compuesto por el “Taller de análisis y confrontación de obra”, el “Espacio de muestras y debates” y el “Programa de residencias e intercambios para artistas”.
En este relato, mi incorporación a la historia comienza cuando, al día de llegar a Rosario para trabajar en el Centro Cultural Parque de España con una beca de gestión cultural MAEC-AECID, me encuentro con Graciela y Mauro en una actividad del Centro.


Capítulo 2: el taller  

Otro sábado sin dormir, con ganas de tirar el despertador por el balcón. Preparativos, ritos, liturgia de la mañana, bodas de oro de los 50.000 amaneceres ojerosos, noches apuradas con ansiolíticos varios. Luz, son las 8:00. Luz, son las 9:00. Luz, son las 10:00. Mierda, hazlo, ¡que no muera el deseo! Lavar enérgicamente los dientes hasta hacerlos sangrar. Los espectros habitan al otro lado del espejo, ¡malditos micro desestabilizadores de zepellines a la deriva! Me cuesta mantenerme en el cordón; con seguridad, el trayecto sería un paseo. Las dudas juegan con mi equilibrio, cuestión de fe, pienso, fe ciega.

Sábados de oscuridad y frío.
17º en Rosario, 12º en El Levante.
Telo de ideas por sólo 40 pesos 16 horas al mes.

Vamos llegando, voy llegando, ya voy. Giro la llave, abro la puerta y salto al vacío. ¿Qué toca hoy? Comienzas tú. Escucha, que están hablando. Me encanta este trabajo, ¡¡¿¿cómo no se me ocurrió??!! ¿Dónde coño metí el boli? ¿Me prestas una hoja? Pásame el cenicero. Güi-fi!! Me quedé sin tabaco, ¿me invitas un pucho? Qué manera de sacar fotos, ¡basta! ¡Fotos no! Jajaja. ¿Te molesta el humo? Voy a poner agua a calentar. ¿Un mate? ¿Queda café? Aiiiiii, ¡qué bueno! Y es que siempre volvemos sobre los mismos temas. Últimamente no tengo tiempo para trabajar y ando súper cansada, necesito parar. ¡Es la hostia! Qué buen trabajo, tiene un discurso sólido y coherente, y lo mejor es que maneja magistralmente un lenguaje mínimo pero expresivo, ¡me encantó! Pásame el cenicero, please. Espera que compartimos. ¿Por qué no? ¿Quién prepara la comida? Ah, empanadas de La Baska, ¡¡genial! ¡Esto está cargadísimo! Son tres por cabeza, o los que quieras. ¿Quien falta hoy? No, no me avisó, luego la llamo. ¿El cenicero? ¿A quién le toca presentar? ¿Qué hora es? Ahora no puedo, estoy todavía en El Levante. ¿Otro piti? Uh, ¡no llamé a casa! Me gusta, pero lo veo como un ejercicio, un ensayo, un trabajo experimental aun por explotar, hay, sÍ, hay algo... ¡¿Ya son las seis y media?! Me doy el piro, vampiro. ¿Te vienes a cenar a casa? Ya, yo también estoy agotada. Un vino. ¡Au revoir!

Vuelta a casa. La calle abriga, en casa vacío. Dejé todo lo que tenía en el juego del levante, apostar como en la ruleta rusa. Disparo. Ya fue. Otra vez malestar, no sé que hay después. Entusiasmo acaba en -asmo, como orgasmo. Decepción acaba en -ión, como ilusión... y onanismo termina en -ismo, como conceptualismo.


Capítulo 3: la crisis

Y continúa hasta la fecha, con mi participación junto con otros veintitantos artistas y teóricos en el taller de análisis y confrontación de obra que tiene lugar dos sábados al mes durante dos años y donde se alternan la presentación y análisis de nuestras producciones con las visitas de artistas nacionales.  

La dinámica del taller parte de la clínica de obra –exposición, crítica y debate de un trabajo concreto– hasta derivar en reflexiones sobre cómo se produce, por qué y para quién. Las preguntas recurrentes dan lugar a hipótesis diversas. En medio de este barullo de voces, la construcción de conocimiento es posible. Hasta llegar al punto de exposición, presentación o exhibición, o como cuerno se le quiera llamar –y aquí se declaró la crisis– de nuestro trabajo a final de año a los de afuera (a los terrícolas).

El desencuentro comienza cuando planteamos el espacio de trabajo como un lugar para el diálogo a partir del análisis de obra individual y el valor de ese intercambio no se materializa por falta de continuidad y producción colectiva, digo. Digo en tanto que, durante ese largo proceso de trabajo corren dos líneas paralelas de producción, y una de ellas, la del propio Levante, es la más débil, la más descuidada. Sin esa definición de lo colectivo no tiene sentido presentarme(nos) sin resultar desubicada o irresoluta. Mi delirante teoría del agujero negro toma forma: El Levante supone para nosotros –cuerpos celestes exiliados del mundo exterior– un campo magnético con poderosa capacidad de absorción de energía, sin posibilidad de retorno.

A la inquietud y necesidad de buscar nuevas fórmulas de imbricar arte, sociedad y educación, me topo con mi permanente puesta en crisis de la sostenibilidad de proyectos de estas características; y me tranquiliza saber que en el fondo: todos nos dejamos atraer (el seductor seducido); los agujeros negros no existen (tomar las riendas del destino); queda mucho por explorar y arriesgar (desafiar las comodidades de la rutina de lo establecido). Y El Levante lo hizo.
Creative Commons License




Google
 



* "A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John LeCarré)




Site Meter Firefox Opera