PUBLICIDAD
A-Desk
Crítica y arte contemporáneo


Agujeros de memoria
En la ciudad argentina de Córdoba se inauguró un memorial que recuerda a las víctimas del terrorismo de Estado. Además, una sala reúne objetos pertenecientes a desaparecidos, aunque se escamotea su filiación política.
DEMIAN OROSZ
Museomanía, epidemias de memoria, maratones del pasado. Son diversos términos para describir lo que algunos piensan como un clima de época, no desvinculado de cierta moda cultural, y que otros entienden en cambio como resultado lógico de procesos traumáticos. Lo cierto es que la llamada “cultura de la memoria” se extiende abarcando a la historia, la filosofía y el arte, el psicoanálisis, la antropología, y también los reclamos políticos concretos.

¿Hay modos correctos de recordar? Raoul Hilberg, decano de los estudios sobre el genocidio judío, aseguraba que una lata de Zyclon B (el gas utilizado por los nazis) puesta sobre un pedestal en una sala vacía bastaría para dar cuenta del exterminio. Frente a esa solución de enorme austeridad hay estrategias que privilegian la acumulación.
Es el caso del memorial a las víctimas de la última dictadura argentina que puede verse en la fachada de la ex D2 (División de Informaciones de la Policía), donde ahora funcionan el Archivo y la Comisión Provincial de la Memoria de Córdoba.

Se trata de una huella digital conformada por los nombres y apellidos de los torturados y desaparecidos, cuyo fin más obvio es restituir una identidad que quiso ser borrada.

El memorial no rehuye la asociación que puede establecerse, por contraste, entre la nueva huella y la toma de huellas digitales (conocida popularmente como pintada de dedos) que constituía un procedimiento habitual del aparato policial que operó en ese edificio. El mapa de nombres funciona asimismo como monolito: indica que allí hubo (un centro clandestino de detención) pero también que hay algo (los rastros que deliberadamente se ocultaron).

El Archivo de la Memoria propone asimismo un modo de “desarchivar” recuerdos privados en ámbito público, cuyo efecto emotivo puede ser devastador. Sobre todo por los destellos de intimidad que allí pueden percibirse. La sala “Vidas para ser contadas”, por ejemplo, muestra discos, sillones, un vestido, álbumes con fotos, cartas y certificados aportados por familiares o compañeros, de modo que los objetos cotidianos hablen de diversos aspectos de los seres suprimidos. El mensaje parece ser el siguiente: estas personas tenían una vida como la tuya, escuchaban música, tomaban mate y se lavaban los dientes. Y se los llevaron igual.

Se trata de recuerdos por lo general purgados del dato político, que apenas aparece en la forma difusa de “lucha popular” o “compromiso con los desposeídos” si se leen las cartas seleccionadas o se hojean los libros exhibidos. El resto del recorrido, salvo excepciones que hay que buscar con lupa, tampoco propone una aproximación a la  identidad política de muchas de las víctimas. Quizá porque se considera que ciertas expresiones de la militancia –la lucha armada, el apoyo o la simpatía por diversos grados de violencia– oscurecería un recuerdo que corresponde mostrar sólo en su faz luminosa.

Víctimas sin atributos. Así se concibió durante años a quienes padecieron la violencia estatal que alcanzó su mayor intensidad a mitad de los años ‘70 en la Argentina. La militancia de esas víctimas fue durante mucho tiempo un tabú, el “lado oscuro” de un conjunto de seres martirizados y asesinados que debían ser mantenidos en un limbo de inocencia. En 1985, dos años después de la recuperación democrática, el juicio a las Juntas Militares ejerció por momentos un fuerte control de las emociones que podían cruzar los testimonios e incluyó una estrategia para evitar las lecturas políticas del pasado. En numerosas ocasiones se interrumpieron las preguntas de abogados y fiscales sobre la filiación ideológica o la pertenencia a agrupaciones revolucionarias de testigos y víctimas. Ese modo de hacer justicia fue a su vez un modo de instalar una lectura histórica. Y esa interpretación de la violencia y los “hechos” (crímenes, terrorismo de Estado, y no guerra civil encubierta o “excesos” contra un bando político) se estableció a lo largo de años como núcleo casi exclusivo de la memoria colectiva sobre la represión.

Fueron los organismos de derechos humanos los que filtraron, primero tímidamente y después con mayor fuerza, una memoria de la militancia. A principios de los años ‘90, agrupaciones como Madres de Plaza de Mayo potenciaron los discursos que ponían en un segundo plano la condición de víctima de los desaparecidos, reivindicando en cambio la figura del militante revolucionario y las “razones” por las que fueron exterminados.
En 1996, a 20 años del último golpe de Estado, el acto conmemorativo en la  Plaza de Mayo fue el ámbito de la primera aparición pública de Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (Hijos), una “comunidad de memoria” que contribuyó a dinamizar los reclamos de justicia y reparación. Al mismo tiempo Hijos afianzó el rescate de la militancia de sus padres, no sólo como dato imposible de ser obviado sino también como experiencia de la que se sentían orgullosos.

En contraste con esa reivindicación, lo que propone el Archivo recae en la vulgata que designa a los militantes como muchachos hermosos y utópicos, restándoles carnadura histórica y devaluando el espesor de sus prácticas y sus decisiones. De la misma manera, frases al uso en el discurso oficial como “los jóvenes idealistas de los ‘70” son clichés que resignan lo mejor que podrían alcanzar: recordar con dureza, mirando a los ojos de lo real.

Como señaló alguna vez Beatriz Sarlo, una exposición de objetos de los ‘70 debería admitir un fusil junto al tocadiscos Winco y los pantalones pata de elefante. No se trata, por si quedan dudas, de impugnar la dolorosa subjetividad de la que provienen los recuerdos exhibidos y los discursos de inauguración. Pero su apabullante legitimidad moral no es suficiente para establecer una prioridad histórica igualmente indiscutible. La reconstrucción de una memoria dañada por el genocidio, que dejó mundos familiares arrasados, acaso pueda resistir elementos que trasciendan el relato empático y los modos auto-indulgentes de trato con el pasado.
Creative Commons License




Google
 



* "A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John LeCarré)




Site Meter Firefox Opera