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Crítica y arte contemporáneo


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Con gusto a Mora.
Una propuesta de ejercicio crítico frente al monumento a la bandera en Rosario.
CINTIA KEMELMAJER
A la bandera, esa que sacamos al balcón cada cuatro años cuando el mundial de fútbol nos exacerba el “patriotismo”. La que era llevada en los actos escolares sólo por el ñoño de la clase. “Idolatrada”. ¿Es con o sin sol en el medio?, siempre tuve la duda.

Se erige sobre la costanera rosarina y “representa a la Patria como una nave imaginaria que avanza en el mar de la eternidad hacia mejores y grandes destinos”, según explica el folleto que entregan a los visitantes. El enorme monumento de 1.000 m2 fue emplazado allí en el año 1958 tras un concurso de anteproyectos que representaba el tercer intento por construirlo. Se inauguró en 1957.

Sus realizadores, el Arq. Guido junto con Alejandro Bustillo, y los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti, la representaron con una figura fálica, similar al Obelisco. Una alegoría del pene erecto que por su altura –70 metros– tiene la capacidad de vigilar gran parte de la ciudad. Esta figura, arquetipo del poder, cae en el lugar común y tan efectivo de entender la autoridad como la ostentación viril del poder “macho”.  

Sus columnas de la entrada –12 gruesos barrotes de mármol colocados al frente la construcción– recuerdan al Partenón griego; hay detalles art decó en varios pasajes de esta monumentalidad; y sus elocuentes trazos rectos, líneas duras y profundas parecerían estar mayormente inspirados en las evocaciones a un régimen de sesgo fascista que al nacimiento de una patria consensuada. Qué más da, pienso, si al fin y al cabo somos producto de una fundación soslayada por “conquistadores del desierto” que exterminaron indígenas para “civilizar” al pueblo argentino.

El folleto explicativo remarca que está íntegramente construido en mármol travertino (material “puramente argentino”); mas el exceso de esta piedra densa sugiere que de estar suspendida en el agua esta “gran nave”, de seguro, se hundiría. Queda impregnada una sensación de pesadez que no deja lugar para mantener alguna parte a flote. La alegoría es clara como el agua del río Paraná. Y, en este punto de la historia, también resulta bastante verídica.

Ahora bien, las explicaciones volcadas al folleto también reparan en que por delante de este monumento, “para completarlo”, hace diez años se realizó una explanada con piletas de agua a ambos lados del camino, dentro de las cuales se emplazaron un grupo de inconclusas esculturas de una de las primeras artistas sudamericanas: Lola Mora. Estas figuras, que simbolizan “la libertad”, “el espíritu de la patria”, a “Belgrano y la bandera” entre otras, fueron realizadas por la artista que a principios de siglo sufrió en carne propia la discriminación de la sociedad argentina, tratada incluso por sus pares de género como una puta por ser pionera en esculpir mujeres desnudas.

Hoy, el espíritu de esta audaz artista navega en la antesala del monumento a la dominación jerárquica del verticalismo machista. ¿Paradoja? ¿Jaque al prototipo de nación que homenajeamos? ¿Casual revés a la inconsciente reivindicación de símbolos que nos imponen? El monumento a la bandera hoy, pues, sí que envuelve todo un mensaje patriótico.



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* "A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John LeCarré)




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