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Crítica y arte contemporáneo


Situación Barcelona
Entrevista a VALENTÍN ROMA
La situación artístico-cultural en Barcelona ha cambiado mucho en los últimos 10 años. Cambios que han afectado a todos los sectores activos en arte, desde el circuito galerístico al marco institucional. Apuestas a medio o largo plazo que, en muchos casos, parecen haber reducido –o perdido – su intensidad inicial. ¿Cuál sería tu valoración?
En primer lugar no creo que se pueda hablar de una “situación artístico-cultural barcelonesa” en tanto que un espacio delimitado y reconocible. Por el contrario, pienso que lo que tenemos es una constelación de espacios diferentes, con programaciones variadas, escalas de trabajo distintas e intereses divergentes. Esto puede parecer una obviedad pero tal vez deberíamos empezar a analizar la oferta artística de Barcelona desde sus elementos específicos, contextualizando cada una de las dinámicas que se producen en la ciudad sin incurrir en maximalismos. En demasiadas ocasiones tendemos a uniformar líneas de actuación que no tienen nada que ver entre sí, perdiendo de esta manera la precisión crítica y la capacidad para emitir diagnósticos adecuados.
Cada proyecto que abordamos desde nuestra práctica particular es modelado –y a veces incluso redirigido- a partir de una gran cantidad de condicionantes muy concretos; sin embargo, seguimos refiriéndonos genéricamente a “la situación de Barcelona” como si por el hecho de nombrarla así nos sintiésemos fuera de ella y, por lo tanto, con una legitimidad mayor y más higiénica para cuestionarla.
Dicho esto, pienso que esa pérdida de intensidad a la que alude vuestra pregunta podría explicarse a partir de numerosas circunstancias, aunque tal vez una de las principales es que algunos de los espacios expositivos más importantes de la ciudad han cumplido sus correspondientes ciclos de trabajo o, al menos, se han vuelto claramente reconocibles para sus respectivas audiencias. Programar durante muchos años en función de unas orientaciones muy precisas aporta estabilidad y coherencia pero, inevitablemente, también implica automatismos, distensiones y dificultades para chequear la realidad cultural en la que se está inmerso y para sintonizar con las nuevas inclinaciones que el público va reclamando.
Es evidente que en los últimos tiempos la oferta museográfica en Barcelona ha sufrido altibajos, algunos relacionados directamente con la terrible resaca “postforum”, y otros fruto de una especie de canonización de distintas instituciones artísticas de la ciudad, las cuales se han vuelto tan reconocibles que ya no nos parecen estimulantes. De todas formas, tal vez deberíamos normalizar cierto estado de crisis y no caer en el catastrofismo o en la culpabilización. Cíclicamente Barcelona entra en una espiral de crispación que casi siempre es la antesala de una euforia colectiva. Un ejemplo de esto fueron las primeras exposiciones que se hicieron en el  MACBA con Manolo Borja como director. Aún recuerdo, por ejemplo, la recepción unánime y exaltada que tuvo la muestra de William Kentridge, la cual se interpretó entonces como una certificación incuestionable de que el museo había encontrado, por fin, una identidad específica y propia. En realidad se trataba únicamente de una exposición, pero la verdad es que fue sorprendente el sentido disuasorio y balsámico que consiguió generar a su alrededor. Paradójicamente ahora, diez años más tarde, Manolo Borja deja el MACBA y tras su marcha parece haberse abierto una porra de magnitudes desproporcionadas, en la que todo el mundo se ha puesto a “repensar” el museo. Esto es sólo un ejemplo muy concreto, pero creo que puede servir para ilustrar lo que quiero decir. No se trata de ir saltando de la depresión al entusiasmo, porque tanto en uno como en otro territorio corremos el riesgo de deformar las perspectivas críticas o de ni siquiera generarlas.

¿Qué herramientas crees que serían necesarias para activar de una manera sólida y real el entramado artístico en Barcelona?
Disculpadme que matice nuevamente vuestra pregunta pero es que cualquier entramado artístico, y el de Barcelona no es una excepción, está formado por distintas capas de actividad y creo que cada una de ellas necesita una estrategia diferente. Considero que el entramado del que estamos hablando no sólo lo integran los artistas, sino también las instituciones, los gestores culturales, los curadores, la crítica, etc., por lo que no se pueden pensar herramientas globales.
En cualquier caso y para vincular esta respuesta con la anterior, querría decir que la activación del sector artístico de Barcelona pasa, según mi opinión, por considerar tres aspectos previos que, precisamente en los últimos años, han determinado muchísimo las dinámicas culturales de la ciudad: uno es relativizar el papel de los mediadores que operan u operamos en el sector del arte; otro es cuestionar la impenetrabilidad del museo y el tercero es restituir el papel central de los artistas en todos y cada uno de los escenarios que componen el panorama productivo de Barcelona.
En lo referente a la primera de estas cuestiones me gustaría señalar la inflación de intermediarios que existen en el mundo del arte y el excesivo protagonismo que éstos han ido adquiriendo. La exposición como único formato de trabajo ya no da más de sí y se ha convertido en un género estancado, por lo que los curadores se transformaron en “representantes” que pululan de institución en institución, con una cartera más o menos fija de artistas y buscando la complicidad de los responsables culturales de turno. Para ahorrarles trabajo a funcionarios y directores de museo éste es un buen sistema, pero tal vez convendría que las instituciones empezasen a salir a la calle a otear el horizonte. Insisto en que si queremos abordar otro tipo de dinámicas hay que cuestionar este proceso de “curatorialización” permanente que está afectando a la actividad artística de Barcelona, para ello, quizás el curador debe reconfigurar sus atribuciones y orientar su papel de mediador hacia la producción de sentido y no tanto hacia la administración ocasional de los imaginarios institucionales.
También profundizando en el segundo aspecto planteado más arriba, querría indicar la necesidad urgente de que los responsables de los museos barceloneses participen activamente de las problemáticas que afectan a sus contextos artísticos inmediatos. Esto no quiere decir que se deban cumplir ningún tipo de cotas de localidad preestablecidas, pero de la misma forma que existe una preocupación constante por la repercusión mediática de las diversas programaciones –repercusión ésta que normalmente sólo circula por ese mismo ámbito local-, por la atracción de audiencias que participen de la actividad del museo, por la correcta gestión patrimonial y presupuestaria y, finalmente, por la coherencia argumental y la proyección internacional de los proyectos realizados, también deberían desarrollarse mecanismos de apertura y distribución del capital simbólico de los museos barceloneses en la realidad en la cual se inscriben, pues sin duda esto reforzaría cierta idea estructural e igualaría algunas desproporciones existentes actualmente.
Por último, y esto es un tema básico, creo que los artistas deben tener una mayor presencia en ese entramado que estamos analizando. Esa vinculación episódica que constituye el realizar un proyecto expositivo en una institución para, más tarde, desaparecer hasta los próximos tres años favorece un modelo jerárquico que debilita cualquier intento de estructuración y genera numerosas asimetrías. No estoy diciendo que los museos tengan que tutelar a nadie, pero sí creo que unas instituciones más transitables y con unos mecanismos de interlocución menos burocratizados y protocolarios contribuirían decisivamente a cohesionar el sector artístico barcelonés.

Uno de los aspectos básicos para definir las políticas culturales de una ciudad pasa por la observación y la definición de la identidad de ese contexto. ¿Cuál crees que es el aspecto que define de verdad (y no sólo a nivel de slogan) la identidad de una ciudad como Barcelona?
Personalmente la idea de identidad, sea pensada desde cualquier tipo de posicionamiento, me resulta un poco molesta. Lo que tal vez debería explorarse es precisamente lo contrario, es decir, la desproporción, el conflicto, la asimetría, el desbordamiento..., y la representación de todo ello. Entre el 2005 y el 2006 los directores de la Kunstverein de Stuttgart, Hans D. Crist e Iris Dressler, llevaron a cabo un proyecto muy interesante que se tituló On Difference y que analizaba, a través de diferentes colectivos artísticos que trabajaban en contextos superespecíficos, cuestiones relacionadas con las formas de abordar su misma singularidad. Paradójicamente, el resultado no era un panóptico definido ni preciso, pero sí un registro de colisiones que hacía pensar muchísimo acerca de las trampas que se esconden tras los intentos por definir unas realidades artísticas en detrimento de otras.
En ese sentido, lo que las políticas culturales deberían implementar es su capacidad para detectar huecos de representación y para ofrecer alternativas que solucionen éstos. A pesar de las apariencias, Barcelona es una ciudad con un entramado cultural lleno de fisuras, donde se produce un reparto totalmente desigual y ofensivo de recursos y que, además, utiliza mecanismos de control y apropiación cada vez más sofisticados. Encima, por pertenecer a una burguesía cool, nuestras clases dirigentes no han desterrado la cultura en las catacumbas, pero a cambio la han destilado hasta convertirla en una especie de endulcorante que adereza cualquier maniobra política por agresiva que ésta sea.
Creo que admitir, de una vez por todas, que vivimos en un estado de precariedad absoluta en lo referente a la producción cultural sería un paso importantísimo para afinar las políticas que se ocupan de estas cuestiones y, también, para dotarlas de una dimensión más ajustada con la realidad. Seguir haciendo planes estratégicos, informes sectoriales u otro tipo de simulacros de acercamiento a las problemáticas culturales no deja de ser una escenificación más de esa idea paternalista y ultra conservadora que tienen nuestros políticos.

En la ciudad nos encontramos con dinámicas que, de algún modo, imposibilitan la voluntad de experimentación y crítica. Por un lado, la precariedad del sector lleva a los agentes críticos a vigilar mucho lo que dicen, y por el otro podríamos decir que el ritmo de trabajo marcado desde las instituciones (con sus dinámicas propias) dificulta salirse de lo marcado. ¿Es necesario un cambio de actitud?
Es cierto que la peor modalidad de censura es la autocensura y ésta no es más que el reflejo de una situación pequeño-burguesa y fuertemente atomizada. Sabemos perfectamente que Barcelona funciona por guettos o por grupos de afinidad, influencia u otros “vínculos familiares”. Supongo que es otra consecuencia de esa misma precariedad de la que hablábamos antes lo que nos obliga a fortalecernos a partir del gregarismo, aunque también nos aislemos en minúsculos microsistemas.
Desde mi experiencia particular debo decir que el principal elemento de imposibilidad para desarrollar satisfactoriamente algunos de los proyectos que he realizado no ha venido dado por un control de los contenidos ni del nivel crítico de éstos, sino por la carencia de recursos económicos, por la falta de profesionalidad de los interlocutores que me he encontrado en algunas instituciones y por el desinterés que estos gestores culturales manifestaban por los proyectos que ellos mismos estaban auspiciando. También ha habido casos en que las equivocaciones fueron, única y exclusivamente, responsabilidad mía. A pesar de todos los códigos de buenas prácticas que se han redactado y de los que supongo quedan por redactar, lo cierto es que casi siempre se trabaja con poquísimos medios y, lo que es peor, con unos parámetros institucionales muy estrictos, los cuales generan rituales absurdos que desgastan a todos los implicados y uniformizan cualquier proyecto. No sé si esta dinámica se modificaría simplemente con un cambio de actitud, pero opino que hay que ralentizar la actividad cultural pública e reforzar la preparación interna de cada proyecto. Entiendo que el modo más elemental de dotar de visibilidad a las instituciones es generando la mayor cantidad de información mediática posible, pero con las carencias de infraestructuras que poseen estos mismos espacios es imposible asumir muchas de las programaciones que se llevan a cabo. Malogradamente siempre se llega a tiempo para inaugurar y eso sí que es nos coloca en una posición acrítica.



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* "A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John LeCarré)




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