Análisis de
los cambios habidos en los sectores activos del arte en la ciudad de
Barcelona en los últimos 10 años. Intensidades.
En los últimos diez o incluso quince años,
prácticamente desde los Juegos Olímpicos, la
ciudad de Barcelona ha cambiado su paradigma. De una ciudad basada en
modelos de producción, con los últimos resquicios
de un sistema fondista, ha pasado a ser una ciudad cuyo modelo
postfordista ha dado lugar a la especulación. Su misma
burguesía se ha transformado. De productiva ha pasado a ser
especulativa, desde el campo inmobiliario al territorio cultural. La
ciudad está en venta. El modelo de ciudad abierta
al turismo, dispuesta a ganar terreno en el escaparte mundial
y a convertirse por fin en el sueño de ser el parque de
atracción de forasteros, ha hecho que toda
manifestación cultural girase en torno a ese nuevo
paradigma.
El arte no ha sido ajeno a esta especulación. La
creación de grandes infraestructuras culturales y
artísticas, que nacieron como reivindicación
popular de los sectores artísticos, han acabado
por descomponer y romper el tejido artístico,
excluyendo a esos mismos sectores de toda decisión en los
órganos de gestión y asesoramiento de esas
infraestructuras (CCCB, Macba, Fundación Tàpies,
Centro de Arte Santa Mònica, etc.). Se han creado
rascacielos artísticos, cuando el sector (artistas,
críticos, galeristas) siguen viviendo en chabolas, por
decirlo desde una metáfora urbanística. Se
podrían contar casi con los dedos de las manos las
colaboraciones que el sector artístico ha mantenido con las
infraestructuras artísticas creadas después de
tantos años. Simplemente, se les ha excluido.
El sistema se ha agravado con la desaparición del Servicio
de artes plásticas de la Generalitat de Catalunya, ya que
nadie se ocupa de promover a los artistas locales, que han quedado
totalmente desprotegidos por el sistema, porque no hay mecanismos de
revisión, difusión o consolidación, y
porque los grandes escaparates artísticos venden ciudad y no
arte. No hay oportunidades para demostrar si uno vale o no vale.
Algunos espacios sustituían hasta ahora esta falta
de política oficial de los últimos
años: Sala Montcada (hoy recluida en el gran espacio de
Caixaforum, pero sin identidad propia) o Metrònom
(definitivamente cerrado) , cuya presencia se echa en falta, porque ha
quedado al descubierto esa desprotección y el CASM no ha
conseguido consolidar su papel regulador. Tampoco parece que sea
ésta la orientación del nuevo espacio que ha
conseguido el Macba con la Capella dels Àngels, que
debería ser la antesala del museo para artistas en
vías de consolidación, un espacio de
ensayo y no una extensión del manjar que se exhibe
en el mismo museo. Sólo este cambio ya abriría
las puertas a otras oportunidades.
Herramientas de
reactivación.
Hay que hacer autocrítica, no hay más remedio. La
reactivación pasa por una profunda reflexión y un
amplio diálogo sin tapujos entre los distintos sectores
artísticos (artistas, críticos, galeristas) capaz
de negociar con las instancias artísticas un nuevo sistema
de funcionamiento de la institución artística con
una participación directa de los sectores en los
órganos de gestión y asesoramiento de las
infraestructuras, que han envejecido en sus planteamientos, pensados
para un modelo postolímpico, que ha enriquecido
quizás a la ciudad, a base de destruir su identidad cultural
deteriorando y empobreciendo al tejido artístico y a sus
talentos activos. Hay que hablar claro y afrontar la realidad. Hay que
ser más ambiciosos en el trabajo individual y más
exigentes y solidarios en el trabajo social. Hay que rentabilizar al
máximo las infraestructuras que existen en Barcelona y
darles el contenido que les hace falta para restituir la identidad
artística y tener un papel activo más
allá de nuestras fronteras valorando la tradición
artística que ha tenido Barcelona y Cataluña a lo
largo de los siglos y enlazando con ella.
El aspecto que define la
identidad de Barcelona en este momento.
Lo único que define a Barcelona actualmente es la ciudad en
su estructura urbana y arquitectónica. Ha perdido
su identidad en el “soft” cultural y se ha quedado
con el “hard”, o con el esqueleto de su
“hard” (la ciudad, el modernismo, sus casas, sus
calles, su estructura urbana, etc.). Barcelona, en estos momentos, no
tiene ningún aspecto que la defina de verdad. Los poderes
públicos están debilitados y al servicio de la
burguesía especulativa, que sigue el modelo devorador
posolímpico, al que si se suma la globalización,
puede llegar a devorar a la misma clase social que empujó
ese modelo. Véanse los reportajes sobre la crisis
de la construcción en el Poblenou y el distrito 22@,
publicados recientemente en El País (19.1.2008) y sus
implicaciones con el arte contemporáneo, o
piénsese en por qué el AVE no pasa por el
litoral, donde hay terrenos estupendos para seguir especulando en el
mismo modelo devorador de ciudad. Por otra parte, los
políticos, cada vez más ignorantes de la realidad
cultural, ofrecen a cambio de permitir seguir con ese modelo
más servicios sociales y así todos tranquilos.
Pero, poco a poco, el servicio social que tarda más en
llegar es el servicio a la cultura y al arte. Nos hemos quedado sin
espacios de exposición intermedios y de los centros
cívicos pasamos al Macba. Es imposible que el tejido
artístico sobreviva y se pueda consolidar. Ello
acaba con una exclusión general del sector que va
malviviendo con otros trabajos y a base de pequeñas
caridades y/o subvenciones. Peor no se podría haber hecho.