Sobre “Hércules (Autorretrato en
devaluación económica y plusvalía
cultural)” de Pep Agut en Àngels Barcelona
La vulnerabilidad, el riesgo y la reflexividad de la mirada del
antihéroe surgen en
‘Hèrcules’ como únicas
vías de compromiso contra el cinismo de la
estetización y culturalización de las
prácticas contemporáneas, contra la ley
espectacular de discursos hegemónicos que han insistido en
convertir el espacio público en el espacio del
público, entendido este último en su
connotación más tradicional y ortodoxa, aquella
que lanza a sus interlocutores al silencio del espectador.
NIZAIA CASSIÁN

La Galeria Dels Àngels inaugura un nuevo espacio,
Àngels Barcelona, con la exposición
‘Hèrcules (Autoretrat en devaluació
econòmica i plusvàlua cultural)’ de Pep
Agut. El proyecto se compone de tres piezas: un contrato, una
fotografía y una performance que bien podrían
traducirse como la palabra, la imagen y la acción, temas
fundamentales en la trayectoria reflexiva del artista y que en este
proyecto apuntan a una dura problematización de la
condición espectacularizante del sistema del arte y la
industria cultural.
‘Hèrcules (Autoretrat en devaluació
econòmica i plusvàlua cultural)’, pieza
que da nombre a la exposición, es un contrato de
compra-venta en el que “el artista, autor,
vendedor” establece las condiciones en que la obra (el
contrato en sí mismo) deberá ser adquirida y
ofertada en lo sucesivo. Es indispensable que el visitante tome el
tiempo para leer los pormenores del documento, sólo
así podrán seguirse sus diversos puntos de fuga.
El más evidente de ellos es una fuerte crítica a
la red espectacular del arte y a la industria cultural en general por
su captación y neutralización del poder creativo
y trasgresor del arte. En el contrato el artista garantiza al comprador
“la completa devaluación económica de
la Obra en tanto que mercancía”, quien adquiere la
pieza acepta que en cada nueva adquisición de
‘Hèrcules’ ésta
disminuirá su valor de cambio hasta alcanzar su completa
depreciación. La contraoferta es que la
circulación de la pieza y su encuentro con interlocutores
diversos permitirá el constante incremento de su
plusvalía cultural.
En un ejercicio de autorretrato que denuncia un sistema a la vez que
denota la dificultad del artista para escapar de él, la obra
manifiesta su posibilidad de emergencia únicamente y gracias
a que se establece como producto de comercialización. A
partir de este contrato Agut persigue un blindaje contra la
especulación y espectacularización de la obra
lanzando a su potencial coleccionista un reto
¿Está el poseedor de la pieza dispuesto a perder
lo tangible a cambio de un bien hoy tan difuso y banalizado como el de
‘lo cultural’? (aceptando además que los
derechos de explotación –plagio,
transformación– no serán nunca
exclusivos del comprador, sino abiertos al público).
“Contrato de compraventa de este contrato”,
así da inicio el texto de
‘Hèrcules’. El contrato es una pieza
toda ella constituida en el lenguaje donde dos personas acuerdan que
algo sea lo que dicen que es, que sirve para lo que dicen que sirve y
que vale lo que dicen que vale. La legalidad, la figura que da
fidelidad a esas palabras es la del peso constitucional que
aprovechando la arbitrariedad de la lengua lo posiciona en un marco de
derecho, es decir, de poder, de orden. Develar el juego de las reglas,
de los acuerdos respecto al valor, éste es el cinismo del
lenguaje visto nacer: conglomerado de palabras con validez legal por
ser redactado con el uso de ciertos términos y testificado
por otro que lo dota de legitimidad. ¿En qué
marco deben instaurase las palabras para que cobren validez?, nos
obliga a preguntar la obra de Agut.
A la par de su denuncia a las formas de comercialización
cultural, debe sonreírse ante la agudeza crítica
de un segundo giro en su propuesta: la utilización de un
contrato como soporte para la pieza evidencia que el uso de la palabra
en el arte, en el marco legal, en lo cultural y en toda nuestra
constitución de lo social se vale de ciertos artilugios del
lenguaje para impregnar de ‘verdad’ y
‘valor’ una realidad a la que podemos acceder
únicamente por la vía de un orden tan artificioso
como ineludible. Tautología de nuestros contratos: esto es
lo que digo que es y al enunciarlo desde un lugar de poder (en este
caso del artista-héroe, de lo legal) hago nacer las medidas
y referencias que le darán significado y valía.
Las otras dos piezas que conforman el proyecto continúan con
las críticas marcadas por el primer Hèrcules
demandando una problematización sobre la figura del artista,
su relación y compromiso con la obra y el espacio de
exhibición. ¿Quién es el artista? Agut
ha rebajado la imagen del héroe a la de un
Hércules farsante. Si en la pieza del contrato el creador
aparece como poco más que un vendedor, en
‘Hèrcules espectacularitzant-se’ (2007)
éste es denunciado en una imagen que devela los mecanismos
de producción y sacralización que reducen la
complejidad del proceso creativo (diálogo, intercambio,
colectividad) a un sujeto individualizado y enaltecido. La imagen evoca
un “tras bambalinas”, aquel donde es posible
contemplar a los actores en el proceso previo a escena de maquillarse y
vestirse, de convertirse en personaje. En la
fotografía observamos a un Agut que dando la espalda al
espectador contempla el montaje de la galería, su futuro
escenario, el lugar donde habrá de exhibirse el
héroe. A los pies del artista yace la cabeza de
león que el héroe habrá de portar a
manera de trofeo y casco, y que en el suelo devela su cómica
falsedad (la temeridad del artista es de utilería, se burla
la imagen).
El día de la inauguración Agut
permaneció expuesto y con los zapatos clavados al suelo como
parte de la performance ‘Hèrcules
públic’ (2007) (queda el testimonio del cuadro
negro y los zapatos y el material generado será incluido en
la exposición en los próximos días).
Esta acción cierra el recorrido con una pregunta
fundamental, ¿puede el arte, aun hoy en día, ser
el espacio público del diálogo? Pensemos en un
par de connotaciones: expuesto es aquello que al estilo tradicional del
white cube se exhibe como mero objeto de contemplación; por
otro lado, dejar algo expuesto es vulnerabilizarlo, ponerlo en riesgo.
Este Hércules público contiene la paradoja de un
quehacer artístico de cara a su exhibición
espectacularizante, pero también la de un
antihéroe mucho más modesto y vulnerable que
aunque asume su ubicación al interior de un sistema mordaz,
no cede en la seriedad de su ironía sino que la extrema
hasta la última de sus serias parodias. La vulnerabilidad,
el riesgo y la reflexividad de la mirada del antihéroe
surgen en ‘Hèrcules’ como
únicas vías de compromiso contra el cinismo de la
estetización y culturalización de las
prácticas contemporáneas, contra la ley
espectacular de discursos hegemónicos que han insistido en
convertir el espacio público en el espacio del
público, entendido este último en su
connotación más tradicional y ortodoxa, aquella
que lanza a sus interlocutores al silencio del espectador.