Las comparaciones son odiosas, aunque inevitables.
Tercera edición de la bienal de Jafre, un evento de dos
días impulsado por Mario Flecha, editor y director de la
revista londinense Untitled, con la colaboración de Carolina Grau. Jafre es un pequeño pueblo del interior del Empordan y la sede principal
de la bienal es la propia casa de Mario Flecha allí. Un
proyecto modesto en un verano lleno de ambiciones y decepciones.
DAVID G. TORRES

Al margen de discusiones y críticas, quizá el
mejor baremo para valorar los eventos de este verano (los consabidos
Münster, Documenta y Venecia) sean los pies y el cansancio. Si
después de pasear en bicicleta por una ciudad alemana
católica, caminar metros de museos y carpas prefabricadas en
otra reconstruida después de ser arrasada en la Segunda
Guerra Mundial y subir y bajar cientos de puentes en una ciudad
flotante sólo se habla del dolor de pies y del cansancio:
mal síntoma. Más aún, sí
cada visita, cada sala, va acompañada, no ya de abatimiento,
sino de un sonoro “¡m'aburro!”. Tal vez
habría que empezar a pensar que el aburrimiento es el
estigma de nuestro tiempo. Quizás por ello, para evitar el
aburrimiento y el cansancio, hace cinco años Mario Flecha,
casi como una broma o un juego, se decidió a poner en marcha
la bienal de Jafre, utilizando su propia casa y aledaños
como espacio de exposición en un fin de semana de agosto,
aprovechando su estancia estival. Una exposición o un evento
que sólo dura dos días: básicamente,
la inauguración con la fiesta que la acompaña y
el día de la resaca. Evidentemente, lo de llamarlo
“bienal” era una ironía, pero al final
ha resultado que sí, y ya lleva tres.
En la primera edición, en 2003, Francis Alÿs, antes
de exponer en el Macba, mostró una selección de
vídeos y en 2005 repitió con una
pequeña pieza enviada para la ocasión.
También en la segunda edición la bienal
mostró, por primera vez en España, el
vídeo de Sener Ozmen & Erkan Ozgen “Road
to Modern Tate”, en el que unos despistados Don Quijote y
Sancho en el Kurdistán buscan el camino hacia la
institución londinense. La lista es más larga:
Ángela de la Cruz, Tamara Stuby y Esteban
Álvarez, Mabel Palacín, Eulàlia
Valldosera, Antoni Muntadas, Yamandú Canosa, Anri Sala,
Jordi Colomer, Mireya Masó, Jelena Tomasevic &
Natalija Vujosevic, Jorge Macchi, Jordi Mitjà, Santiago
Sierra, Sala Tikka o Rui Toscano. Así que, como quien no
quiere la cosa, la Bienal de Jafre podría presumir de ser el
primer lugar en exponer en España a algunos artistas que
luego se han paseado por salas de exposiciones convencionales o
sí institucionalizadas. Lo cual en estos tiempos de excesiva
institucionalización del arte no es poco y
vendría a recordarnos que el arte no es sólo eso
que las instituciones programan y avalan, sino que también
es algo se da, o casi que sucede. Curioso, la bienal de Jafre,
pequeño, modesto, pero es un evento, algo que sucede, justo
en un verano en el que los supuestos “eventos” (los
de esas ciudades alemanas y la otra flotante) han dejado de serlo, para
querer ser exposiciones en museos, con paredes blancas construidas para
la ocasión, o rosas, donde ya no sucede nada.
En esta tercera edición la bienal de Jafre ha crecido, ahora
cuenta con una colaboración más estrecha del
ayuntamiento y del propio pueblo que casi lo ha tomado como un anticipo
de la fiesta mayor (gran paella final incluida), y se expande en un
recorrido mayor de piezas por las calles y otras casas: un
vídeo de Patricia Dauder en una ventana, el
póster de “Moments rellevants de la cultura
catalana contemporània” de David Bestué
y Marc Vives repartidos por el pueblo, una instalación
sonora de Edgardo Rudnitzky, un cartel con la frase "El deseo es tan
solo una dirección como la mirada, y cada
añoranza después de todo es
geométrica" de Monika Brandmeier, otra pieza sonora de
Martin Creed o “Secretos y recetas de las abuelas de Jafre
2007” de Antoni Miralda. Imposible no relacionar el paseo,
corto, por este pueblo medieval del Empordan con el inabarcable paseo
por las esculturas de Münster. Tampoco es fácil
olvidar que si Miralda está aquí, a escasos 50
kilómetros al norte está esa otra sede de
Documenta en la que cada noche una pareja viaja desde Kasel para cenar
en la Cala Monjoi. Pero la distancia conceptual es aún mayor
que la física. Y también la operación.
La presencia de Miralda, como la de Muntadas hace unos años,
abre líneas de conexión, buscadas o no, con el
hecho de que este año el Macba le haya dedicado una gran
exposición a Carlos Pazos, con el hecho de que por Jafre
también han pasado Mabel Palacín, Jordi Colomer o
Eulàlia Valldosera, y con la presencia de los
“Moments rellevants de la cultura catalana
contemporània” de Bestué&Vives.
También, la actitud de Miralda, traza líneas de
conexión con uno de los momentos álgidos de esta
bienal: la performance (¿?) de Spasm un grupo belga formado
por Diederik Peeters (actor), Dieter Roelstraete (comisario), Andere
Cinema (editor y DJ) y Pieter Vermeersch (artista) que durante un rato
se encerraron a oscuras y sin público para tocar
música haciendo el mayor estruendo posible. Ahí,
como en la participación de Miralda o la invisible de Dora
García (que repartió algunas preguntas que
debían formularse entre los asistentes tipo:
“¿tienes pareja?”,
“¿cual es tu meta en la vida?”) es donde
la bienal de Jafre acentúa su carácter de evento,
que sin embargo desaparece en la instalación de una pieza de
Pedro Cabrita Reis con demasiadas connotaciones museísticas,
con un peso excesivamente formal aislada en una habitación.
Por cierto, en Jafre sería incorrecto, casi maleducado
preguntar por presupuestos, fees, salarios, derechos de
exhibición, de reproducción, etc. a la vista de
la generosidad y el empeño que pone Mario Flecha, Carolina Grau y el grupo
de artistas y amigos que colaboran en ello. A no ser que hayamos dejado
de pensar que a veces hay que hacer las cosas porque hay que hacerlas, que el arte también es algo que sucede, se da, se
busca y a veces te lo encuentras mucho antes de tener que hablar con
las instituciones sobre todas esas burocracias tan engorrosas. Sí, porque esto del arte puede ser hasta divertido.