A-Desk.org
Nº2 06 03 06
03 09 10
Contextos y modas
Sobre Abigail Lazkoz (Galería dels Àngels, Barcelona) y Gustavo Marrone, “Qué pasó?” (MasArt Galería, Barcelona)

DAVID G. TORRES
Este año, otra vez, los estamentos más o menos oficiales de Arco y los medios de comunicación insistían en valorar como, no ya la fotografía, sino también el vídeo ha asumido un régimen de “normalidad” en el mercado, constataban esa “normalidad” en el régimen general de las artes plásticas y, por supuesto, se congratulaban de tanta modernidad. Mientras se entonaban toda esta sarta de lugares comunes, que a la postre han significado un problema para el propio medio vídeo, un paseo despistado por Arco recababa en la cantidad de pintura y dibujo que inundaba la feria.

Alguien no se está enterando. O bien están tan deseosos de acabar con lo que aún denominan “nuevos medios” que han decidido que la mejor manera de hacerlo es insistir vacuamente en ello. Los que desde luego no me parece que se equivoquen son ni los artistas ni los galeristas. Es cierto que Arco nunca ha servido para juzgar demasiado nada pero, inevitablemente, ha tenido la capacidad para trasparentar algunas tendencias en arte. Inevitablemente por la sencilla razón de que las galerías muestran los artistas que están funcionando, así que en realidad no sé si es una virtud de Arco o, simplemente, va de soi. Por tanto, lo sintomático no es que la feria estuviese inundada de pinturas y dibujos: el Palais de Tokyo de París dedicó una exposición este año pasado al dibujo; el Carre d'Art de Nimes recogió en una exposición la nueva pintura alemana, el fenómeno de los pintores del círculo de Leipzig entraba en el museo como realidad “histórica”; las exposiciones de pintura inundaban las galerías de Nueva York y Berlín; y, para no irnos tan lejos, mientras en la galería Estrany/DeLaMota continua la exposición World Painting (de la que David Armengol dio buena cuenta en el primer número de A-Desk), Abigail Lazkoz expone sus dibujos en la Galería dels Àngels, Gustavo Marrone ha cerrado la muestra de sus últimos dibujos y pinturas en la galería MasArt y el CASM presentará los trabajos de Francesc Ruíz y Lars Arrheius... ¡más madera!


Vistas de la exposición de Abigail Lazcoz y de Gustavo Marrone

Quizá tenga que ver con el cansancio frente a determinados modelos de producción en arte o, simplemente, con un deseo de inmediatez e, incluso, con explicitar la voluntad política del sujeto. Y quizá también todo ello se deduzca del medio en sí: con lo que implica el acercamiento a la práctica de la pintura y el dibujo. Es decir que no es casual que tanto en los dibujos de Abigail Lazkoz como en los dibujos y pinturas de Gustavo Marrone se solapen una cierta introspección autobiográfica y personal con una implicación política, con rasgos críticos, de denuncia o de reflexión irónica sobre la sociedad actual. Tan fácil como caer en las modas de ahora apostar por el vídeo y ahora  por el dibujo, sería negar las especificidades de cada medio.

Tan fácil como caer en las modas de ahora apostar por el vídeo y ahora  por el dibujo, sería negar las especificidades de cada medio.

Una especificad que Gustavo Marrone conoce de sobras, básicamente porque su caso no responde a ninguna moda, sino que lleva años dedicándose a la pintura y el dibujo. Ese oficio es más que trasparente en los trabajos que ha presentado en Barcelona: más paseos por las propias “neuras”, grueso sentido del humor sobre la situación del arte y los artistas, afirmación del sujeto políticamente... Es una pintura que quiere ser fuerte y que, como la buena pintura, no quiere quedarse en los márgenes de los asuntos sino que recupera una cierta característica introspectiva, devastadora, de ir hasta el fondo, que le es propia. Precisamente por el oficio acumulado de Gustavo Marrone y por esa voluntad extrema, radical o sin límite que se ha propuesto, sorprende de entrada la disposición un tanto coartada de la exposición. Es algo que viene dado tanto por la cantidad de pinturas expuesta como por el formato. Se echa de menos que la contundencia expresiva y formal sobre la que trabaja no se corresponda con la misma contundencia tanto en disposición como en tamaño. Ahí el oficio se convierte en atrincheramiento y, si bien su trabajo se ha caracterizado por un cierto numantismo frente a las modas, quizá no está mal no ser tan impermeable cuando éstas pasan cerca.

Precisamente uno de los aspectos mejor controlados por Abigail Lazcoz es el formato y disposición de sus dibujos, enmarcados y apoyados directamente en el suelo (marca de fábrica de la Galería dels Àngels), y el enorme mural. Con ello trasparenta un auténtico control del medio que lleva a tener una buena sospecha sobre su capacidad para afrontar proyectos ambiciosos. Y, sin embargo, pese a la intención explícitamente declarada de Abigail Lazkoz de contar “historias íntimas” en un “lenguaje directo”, sus dibujos más bien mantienen un aire crítico. Un universo personal e íntimo en el que explota una vez más también el ya un tanto manoseado tema de la adolescencia en una crisis de la que algunos artistas parece que no consiguen librarse; y tan personal e íntimo que de tanto explotar códigos propios acaba perdiendo, precisamente, comunicabilidad directa.


El verdadero problema de las modas no es que existan: el peligro está en la vacuidad, en renunciar a los contenidos 


Extraña esa pérdida de comunicabilidad, porque esa parecía una de las especificidades del dibujo. O por lo menos de cierta manera de entender la práctica del dibujo y la pintura. Claro que ese entender de determinada manera genérica los trabajos implica la consideración de cuestiones contextuales y referenciales. Lo que me lleva a una última reflexión al hilo de la actualidad de la pintura y el dibujo y las modas.

El verdadero problema de las modas no es que existan: es ridículo negar cierta condición cíclica del arte; es absurdo no pensar que existen flujos comunes ideas y comunidades de trabajo, también lo es pensar que no existen cosas como ciertos ”climas de época”; y finalmente todo ello implicaría negar la condición discursiva del arte. El peligro está en la vacuidad, en renunciar a los contenidos y entre esa renuncia no deberíamos permitir que se perdiesen también las cuestiones discursivas. Es decir, lejos de considerar los trabajos de Abigail Lazkoz y Gustavo Marrone como fenómenos aislados hay que tener en cuenta su ligazón. Y ir más lejos: superar los vacíos generacionales a base de apuestas más complejas que busquen trazar mapas de trabajos. Y ver cómo aquella introspección autobiográfica y personal y aquella implicación política con rasgos críticos, de denuncia o de reflexión irónica sobre la sociedad actual que parecía específica de la pintura y el dibujo lo sea de cierta manera de enfrentarse a ello y, así, constatar que no sólo está en Abigail Lazkoz y ya estaba en Gustavo Marrone, también lo está en Silvia Prada y Francesc Ruíz y lo sigue estando en Yamandú Canosa y Azucena Vieites. Con menos veleidades de internacionalidad y de estar a la última: ¿seremos capaces de trazar miradas trasversales, discursivas y contextuales? Aunque sólo sea para intentar contar algo.

Réplicas
Luis Francisco Pérez
12 03 06
Querido David,
en tu inteligente y sofisticada aproximación a la obra de Gustavo Marrone, y que en general, comparto plénamente, me ha llamado la atención esta afirmación: \"Precisamente por el oficio acumulado de Gustavo Marrone y por esa voluntad extrema, radical o sin límite que se ha propuesto, sorprende de entrada la disposición un tanto coartada de la exposición\". Veamos, si por \"coartada\" entendemos una cierta \"timidez\", sin ser esta la palabra más acertada, en el planteamiento expositivo de la propia muestra, no puedo estar sino en desacuerdo contigo, pues, como bien sabes, toda exposición se debe en última instancia a una dialéctica extrema, y situada en el límite de su propio \"decir\", entre la fuerza del gesto expresivo y la interpretación visual (y semántica) de ese mismo gesto. Ahora bien, si por \"coartada\" entendemos una cierta \"disposición burguesa\" de las telas y dibujos, entonces ahí sí llevas razón. Por supuesto, estoy convencido que ese horizonte no era desde luego el deseado por el artista, pero lo cierto es que daba esa (falsa) impresión. Por otro lado, la pintura (incluso la más radical y numantina así la de Marrone) debe pagar (y lo pagará siempre) el costoso peaje de saberse \"póstuma de sí misma\", y el no menos costoso peaje de enfrentarse a la cada vez más efectiva y agresiva estetización de las formas de vida y su representación.
David G. Torres
14 03 06
Efectivamente Luis Francisco, como bien apuntas la expresión “coartada” para nada tenía que ver con la timidez. Es imposible hablar de timidez respecto al trabajo de Gustavo Marrone: salta a la vista. Así que, sí, me refería a la disposición de la exposición. Hablaba de disposición para evitar esa tendencia a un voluntario colonialismo lingüístico anglosajón que abogaría por el seco display. Y porque entiendo que esa disposición coartada de la exposición no afecta sólo a cómo están expuestos los cuadros sino, como insisto más adelante, a su formato mismo. No sé y no me atrevería a decir que es una disposición burguesa. Sino que me da la impresión que sus cuadros dan para mucho más  (lo que no deja de ser bueno) y que ese mucho más pasa por algo tan aparentemente banal, pero que no lo es en absoluto, como el tamaño. El tamaño sí importa. Primero porque es fundamental medir el formato que requiere cada obra. Y en el caso que nos ocupa, lo es sobre todo si vemos que esa supuesta vigencia o recuperación de la pintura pasa por el uso de grandes tamaños (y no siempre con el oficio de Gustavo Marrone). Lo que me lleva al nudo de la crítica y es que esa vigencia o renovada presencia de la pintura no se produzca banalmente y que se sepa superar vacíos generacionales ,tanto de un lado como el otro, no pensando que unos han salido por generación espontanea de la nada y no restando los otros en una posición numantina.

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