MARTÍ
PERAN
Con la felicidad que caracterizaba los
años ochenta, tan suntuosos, la estética
conservadora -¿acaso podría haber otra?-
desarrolló de un modo muy sibilino la mejor de las
estrategias para narcotizar cualquier tentativa de discurso
crítico; se
trataba de tolerarlo amistosamente junto a una panoplia
múltiple de otros posibles discursos. En efecto, al permitir
un cierto margen de
maniobra a cualquier cosa, pues ocurre precisamente eso, que lo
permitido en cuestión queda reducido a cualquier cosa; dicho
de
otro modo, si todo es susceptible de interés, nada es
especialmente interesante, así que viva el pluralismo y el
relativismo que es donde, además,
más y mejor puede desarrollarse el hambriento mercado.
Desde entonces estamos sometidos a una compleja situación
que nos obliga a tener que pronunciarnos a diario. A cada paso estamos
obligados a repudiar la apología ciega de la tolerancia
-siempre hegemónica al practicar el gesto de su
concesión- y a añadir que ello no supone la
defensa de ningún
fundamentalismo y que, por paradójico que pueda parecer,
nuestra intención con esa misma crítica al
pluralismo es
la de militar exclusivamente en el más puro escepticismo.
Ahí, en esta encrucijada, es donde reside uno de los
más espesos
meollos de la cuestión.
La
crítica tiene la función y la capacidad de
informar,
orientar y valorar… Junto a esta crítica notable,
heredera del mejor espíritu ilustrado, rumorean otros modos
de
literatura crítica
En efecto, cualquier sujeto mínimamente consciente de los
trajines que conlleva la experiencia contemporánea -aquella
en
la que las grandes preguntas sólo tienen sentido por su
inevitabilidad pero jamás por sus erróneas
respuestas- no
puede más que aceptar que su experiencia está
inevitablemente compuesta por un andrajo de contradicciones. Por
ejemplo: tan pronto uno se siente libre para elegir cualquier objeto de
consumo como se siente oprimido por la indigencia
epistemológica
que eso mismo supone. ¿Quién podría
orientarme
ante la aparente posibilidad de poder elegir con total libertad entre
el tipo de prácticas sexuales, confesiones,
dentífricos o
géneros literarios? Sin duda alguna, es casi siempre mayor
el desasosiego producido por el temor a haber escogido mal
–lo que sea- que la escueta felicidad de disfrutar de lo
elegido. No hay
más cera que la que arde y esta es la dosis de consciencia y
resignación necesarias para soportar esta especie de
antagonismos naturales.
La cuestión es que en la vorágine de esta
coyuntura tan
nuestra, la pensatividad contemporánea se ha manifestado en
reíteradas ocasiones a favor de lo que han llamado el
paradigma
estético, esto es -digo yo-la conversión de la
experiencia estética en modelo de existencia. La
invitación es sospechosa pero suficientemente amable como
para
triunfar, así que mejor será prestarse a
analizarla con
el mayor espíritu crítico posible. De un lado, el
núcleo de la proposición viene a plantear, con
lucidez,
la posibilidad de desarrollar un tipo de experiencia ante lo cultural
que sea verdaderamente formativa. Y esto no significa la absurda
acumulación de conocimiento exquisito, sino la efectiva
instrucción sobre: la ausencia de verdad. ¿Acaso
alguien
está en condiciones de resolver satisfactoriamente si es
depositario de mayor grado de verdad Cézanne que Coco Fusco,
o
Rembrandt que Malevic? Esta es, decíamos -dicen- la gran
lección del arte; gracias a la verdadera experiencia
estética nos percatamos de la ausencia
de
valores categóricos y universales y nos educamos, por
activa, en
la aceptación de la multiplicidad y relatividad de toda
verdad.
Por el arte, el sujeto contemporáneo, según los
argumentos planteados más arriba, estaría pues en
condiciones de ingresar en una situación
contemporánea
suficientemente equipado y preparado.
Nuestra
intención con la crítica al pluralismo es
militar exclusivamente en el más puro escepticismo
El paradigma estético es pues lo que nos permite soportar
buena
parte de la insoportable levedad del ser, así que lo
aconsejable
es cultivarse y acrecentar nuestra relación con lo
artístico más allá de las
mañanas
dominicales. A más experiencia estética
más
consciencia de contemporaneidad; la hipoteca parece asumible dada esta
garantía de beneficios finales. Sólo una
pequeña
sombra podría dar al traste con tan laboriosa
operación:
la posibilidad de equivocar el arte que ha de ser consumido (por
ejemplo, ¿esta película de moda?). La verdad es
que este peligro era previsible pues, a pesar que el arte pueda acabar
por
instruirnos ante la gran dificultad epistemológica, nadie,
de momento, nos dice cómo
aproximarnos al arte cuando todavía somos indigentes
mentales.
Esto requiere de una solución inmediata, no vaya a ser que
todo
el mercado que habíamos creado con esa
proliferación de
consumo cultural se vaya al traste en un simple santiamén.
La solución -o coartada- es, según dicen, la
crítica. Ella es, como sabe todo el mundo, quien tiene la
función y la capacidad de informar, orientar y valorar.
Así fue como surgió en la aurora de la modernidad
y
así debe ser hasta el declive de la misma. Hay quien asegura
que
eso no fue siempre así; que en realidad la
crítica era el
modo, el medio y el lugar por el cual la esfera pública
podía pronunciarse ante las narrativas lanzadas por las
estructuras hegemónicas, pero todo esto, como puede
comprobarse
por el tinte de la terminología utilizada, no es
más que
marxismo trasnochado. La crítica es el filtro que va a
permitirnos serenar nuestro consumo y no quién nos
llamará a levantar efímeras trincheras. Aquello
que deseábamos, el disponer de un garante que nos permita
una feliz
experiencia estética, sólo puede ejercerlo esta
crítica tradicional y convencional o, mejor dicho, esta gran
disciplina ilustrada. Gracias a la crítica y por ella -y por
lo
expuesto, casi más que por el arte mismo- el sujeto
contemporáneo puede ya insuflarse de contemporaneidad. No es
pues de extrañar que el espacio de lo cultural crezca en
este
mundo nuestro de una forma tan espectacular. No hay entidad financiera
que se precie que no se esfuerce en facilitarnos situaciones
estéticas gracias a la actividad de sus fundaciones. No hay
medio de comunicación medianamente sensato que no se preste
a
duplicar el espacio dedicado a la ingente industria cultural. En todos
estos frentes y muchos más, la crítica
podrá
educarnos en el pluralismo y la tolerancia y, gracias a sus
inestimables lecciones, podremos adquirir carta de contemporaneidad al
mismo tiempo que, con seguridad, no malgastaremos ni nuestro tiempo ni
nuestro dinero.
... Sólo hay otro pequeño, casi imperceptible
problema.
Junto a esta crítica notable, heredera del mejor
espíritu
ilustrado, y sin necesidad tampoco de invocar retóricas
trotskistas, en alguna parte -desde un rincón
periférico
utilizado de forma ocasional por una comunidad determinada hasta la
comunicación por el ciberespacio- rumorean otros modos de
literatura crítica; siempre son ruidos casi ininteligibles,
pero
otros al fin y al cabo... así que,
¿quién
podría orientarme ahora ante la posibilidad de prestar mi
oído a esa otra cosa?
Martí Peran es crítico de arte, profesor en la
Universidad de Barcelona |